ADIÓS AL SUFRIMIENTO

No sé qué hacer con mi vida

no se que hacer con mi vida

Hemos confundido la felicidad con la dopamina. La paz y la satisfacción mental con el agotador esfuerzo de aplacar el deseo. O el amor con el mecanismo biológico que sostiene la diversidad genética. A estas alturas, a nadie debería sonarle extraño que la naturaleza humana camina sin rumbo. Las sociedades y costumbres que hemos desarrollados tratan de ofrecerle un sentido a nuestros días siempre bajo la imperiosa necesidad de alcanzar placidez y bienestar. Pero, ¿somos realmente felices? Cada uno de nosotros, honestamente, sabe la respuesta. Creo que no he conocido a ninguna persona que le resulte ajena esa sensación de sentirse vacío, incompleto, incómodo, insatisfecho. Estudios científicos o psiquiatras como Rafael Euba1 aseguran que nuestra biología no está diseñada para ser felices. Aunque al afirmarlo, tal vez, queda excluida una particularidad: No hemos organizado la vida humana en función de lo que somos, sino de lo que deseamos. No le damos sentido a nuestros días de acuerdo a la profunda comprensión de nuestra naturaleza, sino bajo el impulso de nuestras apetencias. Elemento que, sin duda, conlleva haber escrito una ecuación que hace imposible resolverla.

Desde hace siglos, priorizadas nuestras necesidades y anhelos, hemos ignorado el viaje más importante. Llevamos cientos de años insistiendo en determinados modelos para lograr satisfacción y alegría, sin éxito. ¿Puede un manzano ofrecer su máximo esplendor en el desierto? ¿Podría una tomatera en el polo norte? Es absurdo. Mediante la investigación, el análisis y la contemplación de la naturaleza de esas plantas, hemos comprendido qué es tóxico y perjudicial para ellas. O que les permite expresar su mayor potencial, quizás, en forma de dulces frutos. Pero, ¿qué hemos aprendido respecto a la relación de la naturaleza humana con las sociedades, las culturas y las costumbres que artificialmente hemos desarrollado?

Cuando la cría del hámster recibe calor, cariño y alimento suficiente, se transforma en un individuo tranquilo, dormilón y pacífico. Cuando es sometida a estrés, déficit de alimento o espacio, se vuelve desconfiado, territorial, arisco, o incluso caníbal. ¿Qué ambiente hemos creado para la evolución del ser humano? El deseo nos ha llevado a enfocar el desarrollo de nuestras civilizaciones en el objetivo de alcanzar comodidad, poder, riquezas materiales, tecnología y experiencias placenteras de todo tipo. Hemos construido un ambiente cada vez más exigente, competitivo, estresante, sin empatía ni compromiso social. El resultado se manifiesta en un entramado de sociedades, naciones, costumbres y culturas, que jamás ha dejado de engendrar violencia, guerras, avaricia, insolidaridad, insatisfacción y miserias. Definitivamente, no funciona. El deseo nunca fue una brújula. Jamás ha tenido la capacidad de orientarnos hacia la armonía y la plenitud. No puede ofrecerle un sentido de plenitud a nuestra vida.

¿Qué ambiente propicia el bienestar en el ser humano? ¿Qué lo ofrece un verdadero sentido? No lo sabemos. El esfuerzo individual y colectivo de atender profundamente qué somos, nunca ha interesado. El camino hacia la plenitud no puede ser una meta alcanzable porque la dirección de nuestros pasos no nacen del profundo conocimiento de quiénes somos. Aunque jamás nos resulte completamente satisfactorio, nacen de un estilo de vida basado en competir egoístamente por privilegios, comodidades, objetos, apetencias y situaciones placenteras. El precio de ignorarnos, nos ha llevado a hipotecar toda nuestra vida en favor de los recursos y experiencias externas. El resultado se le asemeja a un pez que, desorientado, pretende hallar un ambiente más apropiado para él, alejándose del agua.

Ahora, imagina que, de pronto, todas las aves olvidasen volar. Al verse obligadas a caminar, su vida se encontraría condicionada por múltiples carencias. Fácil presa de otros animales, el miedo las destinaría a la necesidad de construir jaulas. A esto, le llamarían “hogar”. A la forma de vida que se organizarían entorno a ellas, le llamarían “costumbres” o “culturas”. La necesidad de explorar y evolucionar, las llevaría a desarrollar la ciencia para explotar los recursos de su entorno. No obstante, nada de esto evitará que sus vidas siguiesen expuestas a dificultades y sufrimiento. Desconocido su papel en el mundo, también su verdadero potencial, algunas aves, creyendo inútiles sus alas, acabarían por amputárselas. Hasta que, una de ellas, al darse cuenta de lo vacía que se siente en su dorada jaula, decide volverse a sí misma y mágicamente, las abre, salta al vacío, y millones de años de evolución, le permiten surcar el cielo.

El ser humano, de forma análoga, ha olvidado su corazón. Negligentemente existe sin estar conectado a él. Ni lo escucha ni tampoco lo conoce. Existe de forma superficial, carente de profundidad. A diario, elige ser cómplice de una sociedad artificial impulsada por el negocio, la posesión, el juego de interés y la especulación. Motivaciones que lo impregnan de miedo, conflictos, insatisfacción y avaricia. Extraño es quien se vuelve a si mismo preguntándose por qué un entorno natural, tan competitivo y violento, ha permitido nacer a un ser vivo dotado de la magnánima capacidad de ser amable, humilde, generoso y compasivo. También por qué sus civilizaciones no están impregnadas de ello. Confuso, concluye que la vida, innegablemente, resulta difícil, injusta, dolorosa y sin sentido. Y de esta forma, jamás descubre a su corazón, a su centro, como a esa herramienta natural que, ofreciéndole plenitud, le permite auto-curarse y organizar su existencia en armonía con el mundo, con sus sucesos y con los seres que le rodean.

¿Realmente necesitamos darle un sentido a nuestra vida? Probablemente sí. Sin embargo, la respuesta definitiva, tal vez no pueda ser expresada ni puedas encontrarla afuera de ti mismo. Por ello, este texto, es una invitación a experimentar nuestra naturaleza más profunda. Pues, quizás, en esa experiencia, como resultado, encuentres la respuesta.

  1. Rafael Euba es especialista y profesor de psiquiatría de la tercera edad en el King’s College London. Está afiliado al Oxleas NHS FT y al Londo Psychiatry Centre. Publicó su artículo originalmente en The Conversation.
    https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/ser-humano-no-esta-preparado-para-ser-feliz_14935 ↩︎
Si lo deseas, también puedes visualizar el vídeo sobre este texto. No olvides dejar tus comentarios.

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1 comentario en “No sé qué hacer con mi vida”

  1. Hola Víctor.

    Gracias por compartir tu reflexión. Sin duda vamos por el sendero confundidos, desorientados. Estamos en un punto donde sin duda necesitamos volver a conectar con nuestra naturaleza, con el corazón.

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