ADIÓS AL SUFRIMIENTO

Adiós a la esperanza

Un nuevo comienzo

Algo no funciona bien en el mundo. ¿Lo has sospechado? Me atrevo a asegurar que el 99,9% de las personas creen en él. Les va a hacer felices. No existe espacio para la desconfianza. Cuestionarlo no nos interesa. Genera demasiada inquietud. Así que existimos encomendados a que nuestra situación actual no cambie. O tal vez a que mejore en algún momento. Por eso, vais a disculpar mi arrogancia, pues me identifico con el 0,01% de la población que ha dejado de albergar esperanza. Y no tengo la más mínima intención de recuperarla.

¿Es doloroso existir sin esperanza? Lo reconozco. Lo fue. Como alguien que se encuentra sin luz, completamente a oscuras, en un lugar que no reconoces y que causa desagrado, el abandono de la esperanza en los únicos medios que comprendes para ser feliz, puede engendrar sentimientos de turbación, miedo y tristeza. «¿Para qué estoy aquí? ¿Cuál es el sentido de todo esto?». Es fácil volverse loco. Pero contrariamente al inmediato y engañoso confort que produce la esperanza, su pérdida, ese vacío existencial que se abre paso, produce inconformismo. Y el inconformismo, encauzado en la dirección adecuada, se transforma en una poderosa mirada. Pues si no espero nada del mundo, si no me va hacer feliz, ¿quién o qué lo va a hacer? ¿Dónde busco?

No nos confundamos. El mundo es un lugar fascinante. Ostenta una belleza increíble. Sus seres son adorables. Impresiona su caprichosa diversidad. Abruma el sinfín de recursos y posibilidades que ofrece. A pesar de ello, cada año aumenta exponencialmente el consumo de drogas y ansiolíticos. Cada vez cuesta más mantener la salud física y emocional. Los actos crueles y egoístas de unos seres contra los otros no han cesado. Tampoco los conflictos armados. No hemos acabado con la pobreza ni tampoco con las conductas que dañan gravemente nuestro hábitat. ¿A qué se deberá? ¿A personas cada vez más conscientes, satisfechas y felices? Algo debe estar mal.

Transitamos por el borde de un precipicio. De un lado encontramos el vacío, la incertidumbre, el desastre, cierta hostilidad, la pérdida, la enfermedad y la muerte. Al otro lado vemos la riqueza material, aparente seguridad, la posibilidad de dulces halagos, de obtener reconocimiento, la belleza sensorial y una gran cantidad de experiencias placenteras. Todo un sinfín de hipnóticos y adictivos estímulos. ¿Tienen algo de malo? Claro que no. Pero el brillo de las cosas que el mundo ofrece, su intensa belleza y luminosidad, jamás debería impedir que seamos conscientes de la inestabilidad de nuestros pasos. Del vaivén de sus innumerables variables. De su ir y venir. O de su imposibilidad de controlarlas. Y gracias ello, desarrollar el interés hacia la búsqueda de aquella virtud que posibilita caminar por sus incesantes eventos sin miedo a caer en el vacío.

Cuando retiramos nuestra intención de existir continuamente en el esfuerzo de autosatisfacernos y abrimos la puerta para conectar profundamente con las personas a nuestro alcance, descubres que pocas se sienten verdaderamente satisfechas. Al menos a tal grado que ellas esperan. Lleva siglos sucediendo de la misma forma. Siempre algo está mal. Siempre algo debe cambiar. Siempre algo nos falta, nos molesta, nos incomoda, nos inquieta, nos da miedo, nos mantiene descontentos. Somos críticos con los sucesos naturales, con los gobiernos, con los vecinos, con los familiares, con nuestras parejas e incluso con nosotros mismos. Ingenuamente aguardamos a que el mundo se pacifique, se dulcifique, se vuelve un lugar amable y nos favorezca.

Víspera de Navidad. Ocho de la mañana de un sábado. Hace frío. Hiela. El cielo amenaza nieve. Más de un centenar de personas, ataviados de gorros, bufandas, abrigos y guantes de lana, guardan cola. En unos minutos, la más reconocida de las administraciones de lotería abrirá sus puertas. El sueño de lograr el décimo premiado los ha traído hasta aquí. Y los mantiene inquebrantables frente a la impaciencia y las inclemencias del tiempo. Lo sé. Hablamos de un gesto tradicional que suena a ilusión, a esperanza, a riqueza, a la alegría que podría llegar con la correcta combinación de cinco números. Pocos caen en la cuenta de lo triste que resulta entregarse al azar, a una posibilidad entre cien mil, para obtener más y mejores opciones de comprarse una mejor vida. Quizás su esperanza les impide fecundar la posibilidad de hacer parte de sus días la inconmensurable virtud que aguarda expectante en lo profundo de sus corazones.

 “Aquel que conoce en verdad este espíritu y conoce la naturaleza con sus condiciones mudables, se hallare donde se hallare, ya no está envuelto por el destino”

13.23 BHAGAVAD GITA
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2 comentarios en “Adiós a la esperanza”

  1. Gracias por compartir tus reflexiones. Lo que buscamos afuera con miles de distracciones no nos damos cuenta que lo tenemos con nosotros mismos, caminando día con día.

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